Béla Bartók, foto del Instituto de Musicología de la Academia Húngara de Ciencias
Hace tiempo que pienso que hay una obra que expresa, en el poco tiempo que dura (unos seis minutos), todo lo que yo he encontrado en la música: las "Danzas rumanas" de Béla Bartók. Quiero decir que me basta escuchar esas danzas, tal y como las compuso aquél gran hombre, para captar todo aquello que nos puede dar la música, y que no podemos explicar con palabras. Si tuviese que elegir sólo una obra para poder escuchar el resto de mi vida, sería ésta.
Hace más de quince años que dejé de escuchar música clásica con regularidad. Si vuelvo a ella, muchas veces, es por encontrar alguna conexión con la música que escucho ahora. Pero las danzas rumanas de Bartók las conozco desde hace más de veinte años, de uno de los primeros cds que compró mi padre. Luego, en los noventa, encontré un disco de vinilo de un grupo húngaro que recupera las danzas originales, aquellas que Bartók encontró en Transilvania, en sus expediciones etnomusicológicas, y luego arregló y adaptó para orquesta.
Tras una gran carrera como compositor, cerca del final de su vida, exiliado en Norteamérica, Béla Bartók volvió a la etnomusicología, pues se dedicó a transcribir grabaciones de cantos épicos de la Yugoslavia de los años treinta.
Pienso que es uno de los grandes europeos del siglo XX, humanista, cultivado y antifascista. Un gran hombre.

