En 1941 entró en vigor una ley en Rumanía por la que se despojaba de propiedades inmobiliarias a los judíos. Paralelamente, se imponía a los inquilinos judíos unos alquileres sensiblemente más caros que para el resto. Todo ello de modo oficial. Mihail Sebastian cuenta en su Diario que esta medida le golpeó mucho más que las salvajadas de los extremistas callejeros, pues era una medida del propio Estado rumano y nadie podía ya encontrar amparo en ese ordenamiento jurídico. Sebastian buscaba alivio en algunas victorias aliadas en lejanos frentes africanos, y su única evasión era la música clásica radiada. Su consigna era aguantar, pues toda esa locura pasaría algún día. ¿Cómo aguantaríamos nosotros un empeoramiento súbito y grave de nuestras circunstancias? Con todo lo que sabemos y hemos leído del siglo XX, ¿nos dejaríamos llevar por la locura colectiva, o sabríamos mantener la lucidez? Shalamov lo dice claramente: en circunstancias extremas, como las del Gulag, el intelectual es el primero en derrumbarse y deshumanizarse. Salvo algunas excepciones, pues (el propio Shalamov, Sebastian, y otros), el intelectual se vale de sus conocimientos y reflexiones en circunstancias más o menos normales de vida (y muy seguramente éstos le ayudan y dan fuerza), pero en el infierno es el primero en quemarse.
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1 comentario:
No sólo eso, es interesante la reflexión de Bruno Bettelheim en The Well Informed Heart, sobre los que resistían mentalmente en el campo, que no eran los que tenían más salud mental... Pero sí, fue tristísimo un documental de supervivientes que vi aquí. Todos eran de origen muy humilde y proletario y por pura resistencia física sobrevivieron, trabajaban en canteras, lo peor. Pero no podían elaborar su horror, lo contaban todo describiéndolo como si fuera casi normal. Sólo en la última pregunta, sobre cómo habían quedado, decían Estoy muerto, vivo pero sin esperanza, nunca más he vuelto a dormir, no me río, se me aparecen las amigas muertas allí, etc.
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